Apego y familia · 3 min de lectura
Cuando empiezas a ver a tus padres como personas
La ternura y el dolor pueden llegar juntos. Sobre lo que sentimos hacia nuestras figuras de cuidado y por qué sanar no consiste en elegir un lado.

Artículo de prueba, pendiente de revisión por Júlia.
Hay un momento, cuando creces, en el que empiezas a ver a tus padres como personas. Con sus miedos, con lo que no supieron, con lo que también a ellos les faltó. Y ahí aparece algo extraño: la ternura y el dolor llegan juntos.
Puedes entenderles más que nunca y, aun así, seguir echando de menos algo que no tuviste. Puedes desear estar cerca y, a la vez, necesitar cuidarte de ciertas conversaciones.
Dos cosas verdaderas a la vez
Cuando somos peques, nuestras figuras de cuidado lo son todo: de ellas depende que estemos a salvo. Por eso, de niñxs, solemos protegerlas en nuestra cabeza. Si algo no iba bien, era más fácil pensar «algo hago mal yo» que aceptar que las personas que nos cuidaban también estaban desbordadas, asustadas o heridas.
Con los años, esa imagen empieza a cambiar. Descubres su historia, sus carencias, el contexto en el que crecieron. Y entenderles no borra lo que dolió. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo: hicieron lo que pudieron y, también, hubo cosas que necesitabas y no llegaron.
Entender de dónde viene una herida no hace que deje de doler. Pero sí puede hacer que duela de otra manera.
Por qué intentamos elegir un lado
Durante mucho tiempo intentamos resolverlo eligiendo un lado. O les justificamos todo, o les culpamos de todo. Ninguna de las dos opciones nos deja descansar.
- Justificarlo todo suele dejar sin sitio a la parte de ti que se sintió sola, no vista o asustada. Esa parte no desaparece porque la razonemos: se queda esperando.
- Culparlo todo puede dar una sensación de claridad, pero a menudo nos ata a la misma relación de la que queremos soltarnos y deja fuera el cariño que también existe.
Desde el trabajo con el apego y con las partes (como en IFS), esto tiene mucho sentido: dentro de nosotrxs conviven partes que quieren proteger el vínculo y partes que guardan el dolor de lo que faltó. No hace falta que una gane a la otra. Hace falta que ambas puedan ser escuchadas.
Hacer sitio a lo que sientes
Quizá sanar tenga más que ver con hacer sitio a lo que sentimos, sin pedirle que sea coherente. Algunas preguntas que pueden acompañarte:
- ¿Qué parte de mí quiere entenderles? ¿Qué parte sigue necesitando que alguien reconozca lo que pasó?
- ¿Qué conversaciones me acercan y cuáles me dejan sin energía durante días?
- ¿Qué me habría gustado recibir? ¿Puedo empezar a dármelo yo, o a buscarlo en otros vínculos seguros?
- ¿Qué límite pequeño podría cuidarme sin romper la relación?
Poner límites no es dejar de querer. A veces es justo lo que permite seguir queriendo sin perderte. Y tomar distancia de ciertos temas tampoco te convierte en una mala hija o un mal hijo: te convierte en alguien que está aprendiendo a cuidarse.
Si sientes que esta ambivalencia pesa demasiado, o que se repite en tus relaciones de pareja o de amistad, la terapia puede ser un lugar seguro para ordenarla sin prisas. No para decidir quién tenía razón, sino para que puedas descansar un poco de esa pelea interna.
Este artículo nació de una publicación en @psico.juliamr.